Mujer… es la palabra profunda y misteriosa.
Puede ser fuego, nieve, realidad o espejismo.
Torrente desbocado, laguna silenciosa,
la cumbre de los montes o el fondo del abismo.
Puede abarcar si quiere con los brazos abiertos
la frescura del aire o el esplendor del día;
percibir el jugoso perfume de los huertos,
y escuchar de los grillos la rara melodía.
¡Mujer! En el extenso paisaje de la tierra
ocupas un espacio preciso y diferente;
más si estás en el trópico o encima de la sierra,
puedes amar lo mismo que en lejano oriente.
Tus manos blancas, negras, cobrizas o amarillas,
inexorablemente serán trabajadoras,
desde las cosas grandes o las obras sencillas,
se moverán activas al compás de las horas.
Mujer callada y ruda que espera en la barranca
al pescador humilde con sus peces dorados;
y el mar volvió pedazos aquella vela blanca
y en el oscuro abismo los tiene sepultados.
Esas manos callosas que cocieron las redes
se tenderán en vano buscando al compañero;
escucharán sus quejas tan solo las paredes
que enamorado un día levantó el marinero.
Mujer hecha de bronce del esquimal pigmeo
que cubres tu cabeza con una piel de armiño,
con qué cuidado llevas las riendas del trineo
para que el movimiento no te despierte al niño.
Mujeres japonesas menudas y graciosas
cultivan crisantemos en reducido espacio,
con alas amarillas de tenues mariposas
fabrican sus quimonos de color de topacio.
Mas… cinturón de fuego les ciñe la cintura
y algunos padecieron la bomba de Hiroshima
sus ojos taciturnos conservan la amargura
del hongo que destruye, deforma y contamina.
Creencias ancestrales por siempre respetadas
la mujer de india practica convencida,
el hambre la atormenta mientras vacas sagradas
cruzan indiferentes por la angosta avenida.
De frente hacia el futuro mujer americana
te has ido modelando con barro de tu tierra,
de todas las mujeres del mundo eres hermana
por que sangre de todas en sus venas encierra.
Tú miras desde el trópico al sol directamente,
ese sol que madura las espigas del trigo
contemplas de los ríos la espumosa corriente,
o buscas de los árboles el amoroso abrigo.
Te he visto por las tardes trepar a la montaña
con un niño a la espalda y la mano un chamizo,
el viento huracanado tan solo te acompaña
y le aviva la llama del fogón enfermizo.
Pero estás más tranquila y ese bosque tupido
con su olor a resinas y colchón de hojas secas
no está contaminado, tan solo tiene en ruido
que en panal zumbando producen las abejas.
No envidies las mujeres que llevan otra vida;
comodidad, holgura de la ciudad lejana;
no sabes tú lo amarga, lo negra y corrompida
que en la ciudad se vuelve la condición humana.
Mujer negra o mestiza, mujer enamorada
con un pequeño impulso puedes mover el mundo,
siempre serás la misma, sumisa o liberada,
pues tienes el milagro de tu vientre fecundo.
Alicia Posada de Reyes